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El extravío de la piedra preciosa
Llegó
el día pactado para emprender el viaje hacia lo del rey de
Francia, y abordó Rabí Itzjak y los sacerdotes la
embarcación que los llevaría a destino.
Circulaban
multitudes de pensamientos por la cabeza de Rabí Izjak para
ver como escabullirse de la venta de la piedra. De repente
se le ocurrió algo espléndido, pero si llevaba a cabo este
plan perdería por completo la piedra y toda utilidad por la
misma.
Totalmente
decidido, Rabí Itzjak se dirijió a uno de los viajeros y
comenzó a conversar con él, y en medio de la plática, le
confesó que lleva con él una piedra preciosa para el rey.
De
inmediato se despretó la curiosidad en el hombre no judío
por contemplar la gema y le solicitó a Rabí Itzjak que se
la muestre. Le dijo:
"Si
en verdad tienes una piedra preciosa como dijiste que es del
tamaño de una nuez y el re desea adquirirla, sácala y
muéstramela, pues deseo contemplarla" - dijo el
viajero como dudando de la palabra de su interlocutor.
Rabí
Itzjak puso una cara como que teme sacar la valiosa piedra
de su bolsillo y dijo al hombre: "Si me aseguras que
tendrás sumo cuidado, estoy de acuerdo en mostrartela"
De
inmediato aceptó el viajeroy le aseguró que tendrá mucho
cuidado, pues su curiosidad por contemplar la piedra
aumentaba de momento a momento.
La
extrajo Rabí Itzjak y se la dio. El hombre contempló la
piedra, la acercó a sus ojos, la palpópor todos lados y se
sorprendió en gran manera por su belleza y tamaño.
Entonces,
tocó intencionalmente Rabí izjak la mano del hombre y la
piedra cayó al mar y se hundió en las profundas aguas.
De
inmediato, se arrojó al suelo Rabí Itzjak en uno de los
extremos de la embarcación, arrancó sus pelos, gritó y
lloró como si verdaderamente estaba tremendamente dolido
por la pérdida de su piedra preciosa. Entonces clamó a
viva voz:
"¡Pobre
de mi!"," ¿Qué he hecho?", "¡Con mi
propias manos perdí toda mi fortuna!. Tenía una piedra
preciosa por la cual había podido recibir a cambio una suma
de dinero grandiosa de parte del rey y con eso me hubiera
hecho rico, y encima el rey me hubiera agradecido, y he
aquí la he perdido y quedé sin nada, y ¿cómo me
presentaré y alzaré mi rostro delante del rey quién
espera tanto la piedra?".
Así
hablaba Rabí Itzjak, como si estuviera desauciado por lo
que le aconteció. Hasta que se despertó en los corazones
de la tripulación un sentimiento piadoso hacia el dolido
judío y trataron de consolarlo. Y no se imaginaban que hizo
todo esto solo para no vender la piedra.
Los
hombres intentaron consolarlo durante el viaje, y cuando
llegaron a la capital de Francia, donde se hallaba el rey,
el principal de los sacerdotes idólatras, se adelantó y
relató al rey lo sucedido.
También
el rey creyó en que por accidente cayó la piedra al mar, y
también él se asoció a los que intentaban dar consuelo a
Rabí Itzjak por el extravío de su piedra y le dijo:
"En verdad tiene mala suerte el judío ese, ya que
había podido recibir de mi parte miles de monedas a cambio
de la importante piedra que tenía y que yo tanto había
estado buscando y necesitaba".
Entonces
ordenó el rey dar una suma de dinero a Rabí Itzjak para
pagar los gastos del viaje de regreso y Rabí Itzjak salió
alegre de la ciudad del reinado y regresó en paz a su casa
agradeciendo a Hashem por haberle dado fuerzas para superar
la difícil prueba que le había puesto en su camino.
continúa
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